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domingo, 22 de marzo de 2015

Morir matando

Ana Alejandre

            Cuando se estrelló el Airbus A320 de la compañía Germanwings, de vuelos de bajo costo, en el que viajaban 150 personas incluida la tripulación, y de los que 50 pasajeros eran españoles, todos nos estremecimos de horror ante lo que se suponía que era una catástrofe aérea en la que habían muerto todos sus ocupantes al estrellarse el avión en los Alpes franceses, al lado de una pequeña localidad que tiene menos habitantes que los fallecidos en tan terrible suceso.
            El vuelo había partido desde Barcelona el pasado martes, 24 de marzo, destino a Dusseldorf , con un poco de retraso y la primera parte del vuelo, hasta que abandonó el espacio aéreo español, se realizó con total normalidad.  Pero la fatalidad se puso de parte del copiloto, Andreas Lubitiz, de 27 años, y de su terrible plan cuando el comandante tuvo que salir al servicio y dejó al mando al copiloto, quien una vez solo cerró por dentro la puerta de acceso a la cabina e impidió que el comandante a su regreso pudiera abrirla con la clave que sólo conoce el personal a tal fin, a pesar de su reiterado intento, incluso utilizando un hacha para derribar la puerta que es blindada sin conseguirlo, a pesar de sus continuas y desesperadas llamadas al copiloto para que abriera.
            Era el momento en el que el copiloto, ya al mando del avión, pulsó el botón «Flight Monitoring System» (Sistema de Control de Vuelo) que hace descender el avión, lo que provocó la bajada, en sólo diez minutos, desde los 10.000 metros hasta estrellarlo contra un talud a unos 2.800 metros de altura, a 800 kilómetros por hora, en una tranquila zona de los Alpes, quedando pulverizado su fuselaje, personas y equipajes sobre un espacio de cuatro hectáreas de esa zona de laderas resbaladizas e inestables y de acceso difícil. Murieron en el acto  todos los ocupantes del aparato, del que el trozo más grande que ha quedado es del tamaño de un coche.
            Al principio, todo hacía indicar que había sido un accidente por un fallo técnico, o bien, por alguna causa desconocida que tendrían que averiguar a través de la escucha de las dos cajas negras en las que se encontraría la clave de tan terrible siniestro, porque la climatología en esa zona y momento era benigna. La sorpresa fue sobrecogedora al oír los intentos del comandante para abrir la puerta de la cabina de mando y volver a su interior y el silencio con  que el copiloto oía sus llamadas sin hacer caso, después de haber dejado bloqueada la puerta con sólo apretar un botón desde el panel de mandos, por lo que ni siquiera quien conoce la clave para entrar puede accionarla desde el exterior.
            Estos datos hicieron comprender que lo que parecía un fatal accidente fortuito, era un intento del copiloto de morir  matando a las 149 personas inocentes, pasajeros y el resto de la tripulación, que viajaban completamente ajenos a la tragedia que se les avecinaba por la decisión personal de quien, por su insania mental, quiso suicidarse, pero llevándose consigo a quienes le acompañaban en tan fatídico viaje sin regreso.
         La exnovia del copiloto ha dicho que se encontraba sumido en una profunda depresión y que se sentía "quemado" en el trabajo, porque su aspiración era llegar a ser comandante, aunque para eso le faltaban horas de vuelo para completar las 600 que se exige en Europa para ser comandante de un avión comercial (en EE.UU. son 800 tanto para el comandante como para el copiloto). Es decir, el joven copiloto no esperaba a tener las horas necesarias  de vuelo para ascender, ya que estaba imbuido de estas ideas reinantes en la sociedad actual de "todo aquí y ahora", en la que el esfuerzo y la constancia como únicas vías legítimas para alcanzar los proyectos personales se han desvalorizado hasta convertirlos en algo inútil y sin validez para quienes quieren triunfar rápidamente, aunque le falten los conocimientos, la experiencia y la capacitación necesaria para ello, aunque sea a costa de poner en peligro la vida de quienes confían que están en buenas manos de profesionales responsables.
            La prensa acaba de publicar que, según los expertos en psiquiatría consultados, Andreas Lubitz podría padecer una "patología mental muy oculta que las pruebas psicotécnicas no habrían detectado". Esto es aún más estremecedor, porque entonces cabe la duda de que puede haber otros muchos comandantes o copilotos en las diferentes líneas aéreas que también padezcan dichas patologías mentales ocultas, con el peligro que ello representa.
            Parece ser que Lubitz ha estado durante mucho tiempo sometido a tratamiento por sus ideas suicidas y agresivas. Con este historial médico previo cualquier ciudadano se pregunta cómo es posible que ante esta situación de enfermedad mental que tiene el protagonista de este terrible suceso, pueda haber obtenido la licencia para ser piloto comercial y contratado por una compañía aérea.
            La policía descubrió en la casa donde vivía con sus padres una baja médica que estaba rota en pedazos y que nunca llegó a poder de la  compañía Germanwings, porque era el propio interesado el que tendría que haberla hecho llegar a sus superiores. Eso indica que estaba ocultando los datos de su enfermedad psiquiátrica a su empresa contratante, por la posibilidad de que le dieran de baja por dicho motivo.
            Sin embargo, había intencionalidad en lo que ha realizado a raíz de conocerse que también afirmaba en su círculo íntimo que iba a "cambiar el sistema", cuando no repetía lo de que "haría algo por lo que  su nombre pasaría a la historia ".
            Aunque son los expertos en psiquiatría quienes tendrían que dilucidar cuáles fueron los motivos concretos de su siniestro proceder,  está claro que fue algo premeditado y no producto de un trastorno mental transitorio, porque la respiración de Lubitz, que se escucha en las grabaciones de las cajas negras, es normal y su comportamiento antes de que el comandante saliera de la cabina de mando lo era igualmente, tal como se oye en la grabación de la conversación mantenida con su superior en un tono completamente calmado y con monosílabos, sin que estuviera agitado o presa de una crisis psicótica que le hiciera perder el control. Tampoco respondía a las llamadas de la torre de control que le advertía de la veloz bajada desde la altura de 10.000 metros en tan sólo diez minutos, lo que indica su intencionalidad de estrellar al avión y morir en un acto homicida que ha provocado 150 víctimas que tuvieron la mala fortuna de cruzarse en su camino con alguien que, quizás por odiarse a sí mismo y de ahí sus tendencias suicidas y agresivas,  no podría  sentir empatía ni considerar semejantes al resto de los humanos a los que "cosifica", cuando es posible que se sintiera un extraño a sí mismo al que deseaba destruir y, por ende, esos  desconocidos con quienes coincide y tiene bajo su control también deben perecer .
            No es el primer piloto que se suicida estrellando el avión y matando a centenares de personas. Ni será el último, por desgracia. Sin embargo, todo esto tiene que hacer cambiar los parámetros que se utiliza en la aviación comercial para seleccionar, controlar y evaluar constantemente a quienes tienen tan gran responsabilidad  en sus manos, y poder evitar que otras personas con la misma patología que Lubitz puedan decidir cuándo, cómo y dónde poner fin a sus vidas, pero llevándose consigo a otras muchas que viajan confiados en la pericia y el sentido de la responsabilidad de quienes se convierten en sus verdugos.
            Ahora se intentará meter el  lavabo dentro de la cabina para que haya siempre en ella dos personas responsables de los mandos del avión, pero siempre la mente humana es capaz de saltar cualquier barrera cuando quiere llevar a cabo su decisión que se ha convertido en una idea obsesiva y de fatal e inexcusable cumplimiento.
            El miedo a volar se acrecienta en estos momentos en quienes ya lo padecen y se inicia en los que nunca lo tuvieron. Estos sucesos ponen de manifiesto la fragilidad, la vulnerabilidad y la impotencia de los seres humanos, especialmente cuando ponen sus vidas en manos de otros que no están sanos mentalmente (o tienen fanatismos de cualquier tipo que es otra forma de enfermedad mental), porque nos damos cuenta todos que no son las máquinas las  más peligrosas, por fallos técnicos o cuestiones imprevisibles, sino que se vuelve a demostrar que el hombre, ese gran depredador, es el mayor peligro para sus semejantes, al que no hay forma de  predecir, cuando su finalidad es morir matando.