Violencia de género

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domingo, 26 de febrero de 2017

Violencia de género, una tragedia repetida




Ana Alejandre

Este fenómeno universal, desgraciadamente y para vergüenza de cualquier sociedad en la que se produce, en 2017 está provocando víctimas con una repetición y celeridad pavorosas. A pesar de que, en España, fueron 44 víctimas mortales  por dicha causa en 2016, lo que le hace quedar como uno de los años con menos número de víctimas mortales por esa terrible causa y creab espernzas de que ese terrible fenómeno estaba en una bajada de casos que era esperanzadora.

Las campañas de concienciación de los ciudadanos ante este trágico fenómeno .que desdice la supuesta cultura y civilización de una sociedad azotada por esta trágica plaga, no han hecho decaer el número de víctimas sino que parece, según las últimas cifras de este año, que está aumentando.

Hasta el día  25 de febrero habían muerto, desde el 1 de enero del presente año, 15 mujeres a manos de sus cónyuges, parejas o ex parejas, en un rosario sangriento de víctimas de la  violencia machista y la barbarie más espeluznante. Este mes de febrero es el más trágico en este siniestro tema desde 2008, año en el que fueron asesinadas, en los dos primeros meses del año, la misma cifra de 15 mujeres a manos de los hombres con los que mantenían, o habían mantenido en algún momento de sus vidas, relaciones sentimentales, según manifestó a la prensa la Delegación del Gobierno par la Violencia de Género que inició en 2004 su cómputo de las víctimas por tal causa.

Seis de las víctimas fueron asesinadas en enero y las nueve restantes lo fueron en febrero, en una escalada mortal que sobrecoge por la reiteración de una violencia que genera víctimas que se encuentran indefensas delante de su verdugo.

Algunas de ellas habían presentado denuncias contra sus agresores y las había con orden de alejamiento de quienes después las asesinaron, en una demostración evidente de que tales órdenes no sirven de nada cuando el asesino tiene ya trazado su plan letal.

Esto pone en evidencia que la sociedad falla en proteger a quienes se encuentran indefensos ante los productos o, mejor dicho, desechos de una cultura machista que ha creado a esos monstruos. Esos que, a falta de capacidad de raciocinio y de un mínimo de autocontrol de los impulsos, considera que tiene el derecho de disponer de la vida de otro ser humano de la que se considera acreedor por haber sido educado en unos principios machistas, en los que el macho impone su fuerza bruta, su incapacidad de controlar sus impulsos agresivos, su propia rabia ante la frustración que le produce el hecho de ser abandonado por quien considera que es de su propiedad. Por ese motivo, muchos supuestos hombres y bestias ciertas, hacen realidad la siniestra frase que afirma “La maté porque era mía”, dicha con la satisfacción de quien considera que ha ejercido un derecho inalienable y sin sentir culpa alguna.

El problema es de la educación recibida en una falta de valores morales y éticos y en los contravalores sí enseñados como es el m´s rancio machismo, en el que al hombre se le educa como el ser superior al que la mujer debe estar sometida. Cuando esta se rebela ante ese estado de abuso constante por parte del hombre, y decide abandonar una relación que la hace desgraciada y a quien no la respeta ni valora, es cuando se produce la reacción de rabia y frustración del supuesto hombre que no puede aceptar la posibilidad de perder el dominio sobre la mujer, sobre un objeto de su propiedad, como así la considera, y ataca con la rabia asesina del animal que intenta defender un territorio inexistente que no es otro que el cuerpo de una mujer, haciendo así realidad la frase terrible que dice; “Si no  es para mí, no será para nadie”.

La sociedad tiene que arbitrar una serie de medios eficaces para evitar este rosario de muertes inútiles que se podrían haber evitado si lo que dicen las leyes que amparan a las mujeres en riesgo se convirtieran en hechos concretos y oportunos que asegurasen la integridad de esas mujeres que han pedido muchas veces ayuda y amparo ante una muerte anunciada y denunciada.  Sin embargo, la policía, los jueces y los servicios asistenciales, por falta de medios materiales y no por dejadez, no han podido llegar a tiempo y sólo a posteriori intervienen para contabilizar otra muerte absurda, para certificar otro asesinato de una víctima que se ha sentido sola y desamparada ante la furia asesina de quien, una vez,  fue su pareja y se convirtió después en su verdugo.

Todos tenemos que responsabilizarnos de estas muertes, estando atentos a lo que pasa en nuestro entorno y no haciendo oídos sordos  a todas aquellas señales de alarma de que una mujer está siendo maltratada. Estps desmanes suceden ante el silencio cómplice de una sociedad que dice no querer intervenir en problemas de pareja, cuando lo que, en realidad, está oyendo, viendo o intuyendo son las señales de la agonía lenta, terrible y desamparada de una mujer, una víctima, que está pidiendo socorro, ayuda y atención en silencio.

Hay que estar alerta ante unos hechos aparentemente inocuos: discusiones, gritos frecuentes, palabras malsonantes, descalificaciones, ruidos de golpes,  cuando no algún de algún que otro hematoma (por una supuesta caída, un accidente casero, etc.) que deben alertar que esa mujer está siendo maltratada en una espiral de violencia creciente y que, en muchos casos, termina con la vida de quien la ha padecido ante la indiferencia de los demás, por el supuesto respeto debido y la no intromisión en la vida de pareja.. Ante situaciones cercanas así, sólo cabe llamar al 016, de forma anónima, y advertir que en un piso cercano hay evidencias de que se están produciendo malos tratos, sobre todo cuando esos indicios son repetidos. A partir de entonces, se pone en marcha el protocolo correspondiente de ayuda a la víctima.

Así, quienes ven u oyen y no actúan denunciando los hechos y/o ofreciendo su ayuda a la víctima de esos hechos para que no se sienta sola y ayudándola a alejarse del maltratador -según sean las circunstancias y la relación con la víctima-, resultan ser, en muchas ocasiones, cómplices involuntarios del depredador humano. Esto sucede hasta que este mata a quien ha maltratado durante mucho tiempo, cuando esta dice ¡basta ya!, e intenta abandonarlo, o  cuando la violencia del agresor traspasa todo límite y termina con la vida de la mujer que ha padecido un infierno de maltrato en soledad.

Incluso, se da el caso trágico de mujeres que han denunciado ante familiares y amigos el calvario que están viviendo y no las han creído porque el marido o pareja está considerado una buena persona que es incapaz de ese tipo de actos. Cuando se produce la muerte es cuando todos dicen que no podían creer que el homicida pudiera llegar a ser el autor de un acto tan atroz. Pobre consuelo para la víctima que se ha sentido abandonada ante un canalla que ha cuidado su puesta en escena ante su círculo habitual como mejor sistema para acallar la verdad que su víctima pudiera contar, pidiendo ayuda.

Las muertes de todas las víctimas de la mal llamada violencia de género tienen que ser un aldabonazo en las conciencias de toda la sociedad porque es cosa que nos atañe a todos y en lo que nos tenemos que implicar sin mirar para otro lado, con la excusa del respeto a la intimidad de las parejas. El maltrato, la violencia psíquica y física, el abuso continuado y las faltas de respeto del hombre hacia la mujer, no merecen ningún respeto. Sólo merecen la reprobación, la denuncia -según la gravedad de los hechos- y la condena social de quienes, por ser machos pero no son hombres, están de más en una sociedad civilizada en la que la Ley y sus mecanismos deben defender al más débil y protegerlo de los depredadores humanos, algunos con traje y corbata, que disfrutan volcando su iracundia, su rabia, su frustración, sus complejos y su cobardía en una mujer, -en unos niños, también, en ocasiones- que sólo han cometido el error de estar a su lado y formar una familia con esas malas bestias que sólo conocen la brutalidad, la violencia, el abuso y el maltrato como forma de convivencia, como única forma de expresión de su insania mental, de su impotencia cobarde y de su incapacidad para amar.