Violencia de género

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viernes, 31 de julio de 2015

Acoso mortal





Todos los tipos de acoso son una agresión psicológica a la víctima que, por su duración, características, identidad de la víctima y relación existente entre acosador y acosado puede tener tintes dramáticos, siniestros y, como en el caso a tratar, mortales, porque antes de que se produzca la muerte física del acosado, si es que esto sucediera, casi siempre por suicidio para no seguir soportando el sufrimiento atroz que conlleva ser acosado y la destrucción psicológica que eso supone, ya ha muerto psicológica y emocionalmente con anterioridad, sobre todo si el acoso ha durado demasiado tiempo y se ha producido de forma constante, repetida y sin descanso y de todas las formas en las que se puede acosar a una persona: llamadas telefónicas, mensajes, visitas constantes al lugar de trabajo, estudio o al propio domicilio del acosado, injurias verbales, amenazas más o menos veladas, burlas, humillaciones y un largo etcétera que sólo la víctima de tal práctica canallesca puede llegar a avalorar en cuanto al daño que le ha inferido tal acoso y el sufrimiento que le ha causado.

El caso que ahora se expone es una muestra más del horror que puede vivir una víctima acosada por quien antes había sido un ser cercano y querido como es una expareja.

Este el trágico caso de Sara Calleja, acosada por su expareja durante dos años lo que le llevó al suicidio el 10 de julio pasado, arrojándose por una ventana desde un segundo piso. Madre de dos hijos de un primer matrimonio, confió en un amigo de la infancia que surgió después de su divorcio y con el que marchó a Bélgica, país en el que su nueva pareja residía, ante las promesas de que él tenía contactos y podría ayudarla. Después la evidencia trágica de haber caído en la trampa de todo maltratador fue innegable a través de control absoluto, celos, enfados injustificados, zarandeos y hasta llegar a encerrarla en casa bajo llave.

En 2013 lo abandonó y volvió a España, pero el acoso en forma de continuos mensajes, centenares y diarios al buzón de email, al postal, al telefónico;, sms, llamadas telefónicas pidiéndole que volviera y le perdonara y mil promesas de arrepentimiento .tan falsas como su buena intención, se incrementaron, hasta el punto de que, al no contestarle, empezó a enviar los mensajes a la madre de ella, anciana de ochenta años, y a amigos de Sara también, además de hacerle continuas amenazas veladas, algunas, y otras explícitas con lenguaje soez y ofensivo tales como:” «Ojo por ojo, te voy a destruir la vida»; «guarra, zorra, hija de puta» (sic).

En total 19 denuncias y una condena de 9 meses que cumplió él por acoso. La primera venganza en forma de denuncia por parte de él hacia ella presentada en el INEM, porque las exposiciones de acuarelas que ella hacía en León y en las que no vendía nada le supusieron una deuda de más de 18.000 euros por cobro indebido del subsidio de desempleo de 400 euros mensuales que Sara recibía y que, para pagar dicha deuda, tuvo que alquilar habitaciones en su casa y, más tarde vender el piso de protección oficial que había adquirido años antes. Todo ello le hizo sentir fuertes sentimientos de culpa por haber provocado una situación tan difícil, tanto a su madre como a sus hijos, por culpa de la relación que mantuvo con el acosador que le destruyó psicológicamente.

Sara continuaba recibiendo mensajes amenazantes que iban teniendo cada vez mayor intensidad y siguió denunciando porque «Que tiene miedo, que está aterrorizada», se puede leer en las denuncias presentadas. A pesar de obtener órdenes de alejamiento fueron incumplidas por su acosador. Seguían las amenazas: «Vayas donde vayas, estés donde estés, te encontraré», «evitame una desgracia para Navidad», «tengo todo el tiempo del mundo, Sara» y, finalmente: «Esto es muerte asegurada».

Después de cumplir su acosador la pena de nueve meses de cárcel, salió de prisión y ella se marchó a Ibiza, tratando de huir de él, pero no le sirvió de nada. Él la perseguía igualmente con la misma saña y empecinamiento propios de todo depredador humano. 

Sara llegó a tomar más de 200 pastillas pero pudieron salvarla. Después de la rehabilitación empezó a tener un poco de esperanza de que la pesadilla terminara. Sin embargo, el 13 de julio pasado, dejó una carta a la jueza de Violencia de Género de León en la que le decía: «Estoy muy cansada y necesito descansar. Mi vida es insoportable»

El acosador, cualquiera de los individuos que forman este miserable grupo de desechos humanos, intenta destruir psicológicamente a la víctima para ella misma pueda llevar a cabo el fin perseguido por el canalla que la acosa, y que no es otro que la destrucción física y psíquica del acosado, sin que el acosador se tenga que manchar las manos de sangre para conseguir su objetivo, el que alcanza en una ejecución limpia, impersonal y derivada de la que es auténtico autor mediato, pero sin que pueda ser condenado por la muerte del acosado, a no ser que existan pruebas que puedan imputarle directamente la muerte de la víctima.

La Justicia no puede dar protección eficaz a todas las víctimas de violencia de género como se llama a este fenómeno que va en aumento de forma exponencial, en una cultura machista en la que la frase “la maté porque era mía”, tiene muchas y diversas variantes, desde el asesinato hasta la inducción al suicidio como ha sido el caso de Sara que demuestra, una vez más, la atroz indefensión de las víctimas de acoso ante la indiferencia de quienes las rodean porque, muchas veces, no creen que pueda tener tan fatales consecuencias como las de este caso al no creer capaz a los miserables individuos que llevan a cabo tan execrable conducta de poder destruir a la víctima física o psicológicamente, o ambas a la vez, ya que parecía “una buena persona”. 

La muerte de Sara, que se vio impotente y a pesar de las continuas denuncias y demanda de ayuda, entre el miedo, la soledad y la angustia, ante la maldad continuada a la que estaba siendo sometida en un terrible acoso que acabó con sus ganas de vivir, debe ser un aldabonazo en las conciencias de todos, de la sociedad en su conjunto y de las propias Fuerzas de Seguridad del Estado, Jueces y legisladores para que sujetos como el acosador de Sara puedan ser condenados no sólo a más tiempo de cárcel, sino a un alejamiento efectivo de la víctima que debe recibir el apoyo psicológico, legal, policial y social para que no se encuentre sola ante el peligro, a pesar de sus continuas demandas de socorro y de ayuda que la sociedad, una vez más, no ha podido darle hasta que, una vez ocurrido el suicidio de la víctima acosada, sale la noticia en los medios de comunicación como la certificación fatal y crónica de una muerte anunciada a la que nadie quiso prestar atención. Quizás, porque estos casos, por abundantes y repetidos, empiezan a convertirse en un fenómeno social tan habitual y cotidiano al que nadie presta atención por la costumbre reiterada de las muchas decenas de muertas que cada año pasan a engrosar la larga y vergonzosa lista de mujeres asesinadas por la violencia machista, por la barbarie y la sinrazón de quienes, por sentirse dueños de la vida de sus mujeres, intentan acabar con ellas antes de ser abandonados. Triste verdad, terrible y siniestra, para vergüenza de toda una sociedad en la que los derechos están recogidos y amparados legalmente sobre papel, pero sin aplicación eficaz en la realidad en la que las víctimas se amontonan sin que nadie haga algo que las ayude, las redima y las salve.

Pobre mundo, supuestamente civilizado, es éste, en el que los hombres demuestran, en comparación con todo el reino animal, que son los únicos machos que maltratan a la hembra de su especie.